
RAFAEL BLASCO CÍSCAR

Blasco Ciscar nos enfrenta a lo que no puede ser domesticado fácilmente: las texturas, huecos y dobleces que superan cualquier etiquetado. Con ello, su proyecto escultórico se transforma en una exploración de lo que emerge de manera imprevisible, de lo que ha sido descartado y sin embargo perdura. Esta inquietud por lo que late bajo la superficie es, tal vez, su mayor aportación: rescatar la potencia poética de aquello que, en apariencia, ha dejado de tener valor.
Al adentrarnos en su universo creativo podemos percibir una tensión constante entre lo visceral y lo onírico. Sus esculturas, construidas a partir de materiales industriales desechados, cobran una expresividad que desafía todo lugar común. Cada pieza parece emerger desde un escenario de aparente devastación, para después mutar en una forma cargada de sugerencias ambiguas y potentes. En este tránsito, el artista revela el impulso latente que habita en el objeto abandonado, elevándolo a un nuevo estatus poético.
Este gesto de “re-significar” los restos de chatarra, piezas herrumbrosas o fragmentos descartados, conecta su propuesta con la idea de la “materia sin uso” como detonante de nuevas posibilidades. Lejos de limitarse a recombinar partes, su aproximación roza lo orgánico: los pliegues y torsiones metálicas evocan tejidos vivos, superficies corporales o, incluso, ecos de reinos vegetales. Al enfrentarnos a estas esculturas, se activa un juego perceptivo que oscila entre lo familiar y lo extraño, lo corporal y lo industrial.
En su discurso visual, el artista sugiere un “territorio atópico”, un espacio en que las nociones convencionales de lugar, identidad o funcionalidad se ven desbordadas. Al igual que ocurre en una cartografía inestable, cada elemento parece desplazarse para subrayar la precariedad de las categorías con las que solemos clasificar el mundo. Con ello, se abre la posibilidad de leer sus instalaciones como zonas de transgresión, donde las sombras, las siluetas y las ausencias se erigen en protagonistas.
Este gesto de “re-significar” los restos de chatarra, piezas herrumbrosas o fragmentos descartados, conecta su propuesta con la idea de la “materia sin uso” como detonante de nuevas posibilidades. Lejos de limitarse a recombinar partes, su aproximación roza lo orgánico: los pliegues y torsiones metálicas evocan tejidos vivos, superficies corporales o, incluso, ecos de reinos vegetales. Al enfrentarnos a estas esculturas, se activa un juego perceptivo que oscila entre lo familiar y lo extraño, lo corporal y lo industrial.
En su discurso visual, el artista sugiere un “territorio atópico”, un espacio en que las nociones convencionales de lugar, identidad o funcionalidad se ven desbordadas. Al igual que ocurre en una cartografía inestable, cada elemento parece desplazarse para subrayar la precariedad de las categorías con las que solemos clasificar el mundo. Con ello, se abre la posibilidad de leer sus instalaciones como zonas de transgresión, donde las sombras, las siluetas y las ausencias se erigen en protagonistas.


NEWSLETTER
Forma parte de nuestra comunidad. Suscríbete para recibir invitaciones, novedades y noticias de nuestros proyectos y exposiciones.